Juzgando por los titulares y las encuestas parece que nos enfrentamos a una gran crisis de salud mental. Nunca había habido tasas tan altas de depresión y ansiedad y se ha disparado el consumo de ansiolíticos. En este vídeo exploramos las posibles causas de esto y posibles soluciones. Empecemos hablando de lo bueno. Por ejemplo, en los últimos años se ha normalizado hablar de salud mental. Se está dejando atrás el pensar que las personas que sufren depresión o ansiedad son débiles o vagas. Se entiende que son problemas que pueden ocurrir a cualquiera y que no hay por qué ocultarlos ni avergonzarse. Se animan las personas a explorar sus emociones en vez de suprimirlas o ignorarlas. Y todo esto sin duda ayuda. Pero como siempre las buenas ideas llevadas al extremo se convierten en malas ideas. Algunos psicólogos alertan de que hablar constantemente de salud mental puede empeorar la salud mental. Que dar demasiada importancia a las emociones produce fragilidad. La repetición se convierte en la realidad de nuestra mente y bombardear con la narrativa de crisis de salud mental podría empeorar la salud mental. Por ejemplo, nos puede hacer perder la perspectiva y no ser conscientes de todos los avances que hemos hecho. Algo bien documentado en psicología es que a medida que el mundo mejora nuestro umbral de queja se reduce. Cosas que hace pocas décadas nos parecían normales hoy nos resultan alarmantes. Piensa en conceptos como abuso, como bullying, como trauma, como adicción, como trastorno mental. En décadas pasadas estos conceptos estaban acotados a experiencias extremas y claras. Sin embargo hoy abarcan una gama mucho más amplia de fenómenos, algo conocido en psicología como concept creep o ampliación de los conceptos. Además los conceptos o los trastornos se estiran tanto de manera horizontal como vertical. Por estiramiento horizontal nos referimos a que los conceptos se ensanchan para capturar nuevas experiencias cualitativamente distintas. Por ejemplo, el término trauma, que antes se limitaba a eventos graves como desastres naturales o abusos físicos, hoy se aplica también a experiencias como el estrés laboral o conflictos interpersonales. Y también se estiran de manera vertical, que se refiere a que los conceptos descienden para incluir versiones menos extremas de los fenómenos que antes describían. Por ejemplo, el bullying solía referirse a agresiones físicas o verbales graves en el ámbito escolar, mientras que ahora puede abarcar simples comentarios desconsiderados o actos de exclusión menores. O por ejemplo, hoy tenemos microagresiones y micromachismos. Y en parte esto es bueno, desde luego, porque preocuparse por problemas cada vez más pequeños es señal de progreso. Una mayor sensibilidad al daño refleja que somos más conscientes, que somos más empáticos. Pero esta dilatación de los conceptos encierra también sus peligros. Al magnificar las experiencias negativas, que son parte de cualquier vida, corremos el peligro de patologizar lo cotidiano, de convertir las inevitables incomodidades humanas en señales de daño. Y al hacer esto puede emerger una narrativa peligrosa. Nos contamos la historia de que somos víctimas intentando sobrevivir en un mundo hostil. Percibimos comentarios torpes como ataques y consideramos malvados a quienes no tienen su radar de injusticias tan finamente calibrado. Y en consecuencia sentiremos más ansiedad y resentimiento. Y hay un estudio muy interesante que refleja esto a la perfección. En ese estudio se solicitaba a los participantes que identificasen los puntos azules entre un mar de puntos de distintas tonalidades en el rango azul-morado. En la siguiente interacción los investigadores eliminaron los puntos identificados como azules pero curiosamente los participantes se vienen encontrando el mismo número de puntos azules muchos tonos morados que antes pasaban por alto se convertían ahora en azulados y este fenómeno no sólo ocurría con los colores mostraron después a los participantes una gran cantidad de caras y les pidieron que contaran las que les parecían agresivas a continuación los investigadores eliminaron las caras claramente amenazantes. Dijeron los participantes, oh, parece que ahora hay menos caras amenazantes. No, simplemente redujeron el umbral de lo que consideraban una amenaza. Y lo mismo ocurre en otros muchos ámbitos. Cuando un problema desaparece, la mente no se queda tranquila. Tu cerebro no quiere decirte, eh, tranquilo, estamos bien. Quiere encontrar algo de qué preocuparse, porque el peligro es su lenguaje. Como dicen, el estrés no se disuelve, se recicla. El cerebro necesita su dosis de lucha, su narrativa, su motivo para seguir alerta. Por tanto, cuando la vida te da un respiro no encuentras paz, encuentras nuevos miedos más pequeños que de repente se sienten igual de grandes. Y la pregunta es evidente, ¿en qué parte de nuestra vida estamos viendo azul donde sólo hay un leve morado. En resumen debemos encontrar el equilibrio entre seguir avanzando en crear un mundo más amable que es importante pero sin convertir molestias cada vez más pequeñas en tragedias y para ello debemos aprender a poner en perspectiva nuestros problemas y reflexionar sobre el progreso que hemos logrado. Debemos aprender también a pensar menos en lo negativo y a darle menos importancia a las emociones que sentimos en cada momento. O es común escuchar que no debemos reprimir nuestros pensamientos porque pueden quedarse atascados en el subconsciente y crear problemas, pero varios estudios desafían esta idea. Por ejemplo, una investigación reciente mostró que entrenar la supresión de pensamientos no sólo no tiene efectos negativos sino que puede reducir la ansiedad y la depresión. Los participantes que practicaron ignorar sus preocupaciones durante tres días experimentaron menos ansiedad y depresión tres meses después y los efectos fueron más marcados en personas con mayores niveles de ansiedad. El entrenamiento consistió en usar una palabra clave que evocara el evento temido y luego vaciar la mente en lugar de imaginar la situación en detalle. En otras palabras, se trata de cambiar el canal de tu cerebro en vez de revivir una y otra vez el mismo pensamiento. Recuerda, no todas las preocupaciones necesitan tu atención. Algunas pueden y deben ser ignoradas. A veces la mejor estrategia no es procesar cada pensamiento o emoción, sino aprender a dejarlos ir y es una habilidad mental que se puede desarrollar. Como dicen, no cargues con cosas que no necesitas. Explorar nuestras emociones está bien, obsesionarnos con ellas está mal. Preguntarnos todo el rato si nos sentimos bien hará que nos sintamos mal. Y además debemos equilibrar la reflexión interna con la acción externa por lo que la siguiente recomendación es pasar a la acción. Sabemos de hecho que la mejor manera de influir en la mente es a través del cuerpo. Un entrenamiento duro y un paseo por la naturaleza con amigos mejorarán más tu estado de ánimo que un fin de semana encerrado en casa reflexionando sobre tus emociones y traumas del pasado y si tus acciones ayudan a otros mucho mejor como dicen cuando uno ayuda dos se benefician y esto es especialmente cierto al hablar de salud mental los estudios indican que pensar menos en uno mismo y actuar más para ayudar a los demás potencia el bienestar en resumen lo que haces influye mucho en cómo te sientes y con frecuencia la acción es el antídoto contra la ansiedad y la rumiación. Y la última recomendación es más conexión. Muchos expertos opinan que la ansiedad moderna viene de la incoherencia evolutiva que genera el mundo moderno, que nos desconecta de la forma en la que nos relacionamos durante cientos de miles de años. Para la mayoría de personas en el mundo desarrollado, las necesidades básicas están cubiertas. Comida, agua potable, refugio, seguridad. Vivimos más tiempo con menos dolor y más opciones que nunca en la historia de la humanidad. Tras un primer vistazo al mundo moderno, nuestros ancestros pensarían que hemos construido un paraíso. Y sin embargo, no somos felices. Pero no es un fallo individual, sino una consecuencia de la nueva vida colectiva. Somos cazadores recolectores atrapados en un entorno extraño. Los humanos pasamos cientos de miles de años en pequeños grupos con jerarquías simples y relaciones cercanas. Sin embargo, hoy nos enfrentamos a jerarquías corporativas globales y a una exposición continua a miles de personas desconocidas en las redes sociales. Nuestros genes esperan una vida tribal, pero se enfrentan a Instagram. El resultado es un déficit crónico de dos nutrientes esenciales para el bienestar humano, conexión y estatus. El cerebro no sólo mide el azúcar o el oxígeno, también monitorea el estado de tu conexión y tu estatus. Se pregunta ¿soy valioso para los demás? ¿importo? ¿pertenezco? Y cuando percibe amenazas en estas áreas sufre bien por una crítica en redes sociales, bien por una comparación desfavorable, por una ausencia de reconocimiento y no distingue entre peligro social y físico, activa el mismo sistema de alerta. La ansiedad, la baja autoestima, la sensación de no ser suficiente son señales de que el entorno moderno no está alineado con nuestras necesidades más básicas. No se trata de idealizar el pasado. La vida tribal era dura, corta y peligrosa, pero podemos rescatar algunos principios. Por ejemplo, reforzar conexiones reales y reducir la exposición innecesaria a las comparaciones masivas que producen las redes sociales. Y después perseguir el progreso personal, no el aplauso externo. Recordar que no necesitas ser el mejor del mundo sino ser importante para unos pocos. En resumen la pregunta correcta no es qué me falta para ser feliz sino cómo puedo realinearme con lo que verdaderamente necesito como humano porque lo que más duele muchas veces no es la falta de cosas sino la sensación de no importar. O como dice Johan Hari la soledad no es falta de compañía es falta de conexión.